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Agregado por admin - 26 julio, 2012 - Contenido

La Desprofesionalización del Coaching


El creciente interés por los procesos de Coaching con frecuencia, se deriva
del esnobismo que no pocas veces, aparece en quienes contratan procesos
organizacionales. El Coaching tiene sus inicios en los años 70 y unos pocos
años después se formaliza en sus metodologías y principios, para dar origen
a una nueva profesión. Léase bien, el Coaching es una profesión y como
tal está sustentado en principios éticos y demanda unas competencias que
difícilmente se adquieren con leer un libro o recibir unas horas de formación.

La profesión del Coaching se rige por un método y un código de ética,
exige un entrenamiento supervisado por master coaches, se sustenta en
demostrables competencias profesionales y se mide en resultados concretos
de tipo personal o profesional.

Resulta sorprendente la ingenuidad de los responsables de contratar estos
procesos y su poca afinación de los criterios que los llevan a decidirse por una
u otra oferta. Los seudo-coaches se aprovechan de esta “ignorancia” y por
ello vemos hoy con especial decepción, la degeneración de la profesión.

El Coaching tiene fundamentos en las teorías de aprendizaje,
específicamente en el aprendizaje de segundo orden que desde 1974 Chris
Argyris, planteó como la posibilidad de aprender cambiando la forma de
entender la realidad del observador y no solo cambiando las acciones. Desde
esta idea esencial, el Coaching no es consejería, ni consultoría, ni tampoco
se equipara a los esquemas de la psicoterapia tradicional, abordajes que
están más orientados a entregar la solución que el profesional considera
adecuada y no la que el aprendiz o coachee, está en capacidad de construir.
Un coachee tiene sabiduría, sólo que él “no sabe que sabe” y es entonces
cuando un buen coach puede apoyar su proceso de aprendizaje.

El coach necesita un entrenamiento supervisado, desarrollado por
escuelas que cuenten con los debidos respaldos gremiales y con curriculos
que soporten una estructura conceptual y metodológica sería y bien
fundamentada. No creo en aquello de la homologación como coaches, que
reportan algunos consultores, que dicen haber recibido su entrenamiento de
un profesional que se formó de primera mano de los masters coaches y en
escuelas de prestigio.

En muchas organizaciones se han dejado deslumbrar por seudo-coaches
o buenos entrenadores, talleristas o conferencistas, que disfrazan sus
intervenciones con titulaciones de procesos de Coaching. Un coach, no se
relaciona con un cliente o coachee con una agenda pre-establecida; por eso,
no es coach quien se posiciona ante un grupo con un derrotero de temas y
una presentación secuencial de “slides”, ajustados a sus propios esquemas
mentales.

Ante tanta desatención por lo que es la verdadera identidad del Coaching,
enunciamos los criterios que deben servir para contratar un Coach:

1) Tipo de formación como coach, escuela, enfoque, reconocimiento
gremial.
2) Experiencia en horas según tipos de clientes: ejecutivo, de equipos,
Coaching de vida.
3) Código de ética que honra.
4) Competencias como Coach.
5) Logros verificables como Coach.

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